Eran las siete de la mañana, y el clima era gélido, demasiado frio como para mi gusto. Abrí los ojos y los halos de luz que se filtraban por las cortinas caían directamente en mis ojos, no me dejaban ver, por lo cual no pude advertir el manotazo que V. me tiro. ¡Idiota! todavía sigues aquí, mis padres llegan en cualquier momento ¡Ya lárgate! El cuarto era de color rosado pálido, y el techo era blanco, níveo, pulcro. No como el mío. Pequeños adornos colgaban de las paredes. Fotos, peluches y abalorios decoraban la cabecera de la cama. En la mesa de noche se podían ver una cantidad excesiva de maquillaje, cremas para la piel, perfumes y chucherías. Entonces, entendía que no estaba en mi habitación, en mi cama, en mi casa. Me dolía la cabeza de una manera casi, casi insoportable. Los estragos de la borrachera del día anterior estaban cobrando factura, y yo no estaba ni en el lugar, ni en el momento adecuado como para sobrellevar esa carga conmigo. Con demasiada pereza trate de vestirme, camine hacia el cuarto de baño, moje mi rostro, mi cabello. Mire un momento el espejo que estaba frente a mí y no me reconocí. Estaba totalmente demacrado. Dos aureolas moradas adornaban mis ojos, las marcas de expresión se denotaban muy claramente en mi cara y me notaba pálido. Parecía un muerto en vida. Cuando me disponía a salir de aquella habitación, la puerta se abrió bruscamente golpeando mi cuerpo por el lado derecho. Tal suceso hizo que pegara un grito que en el momento fue silenciado por las manos de V. Llegaron mis padres, escóndete debajo de la cama. No le quise hacer caso. En esos momentos estaba demasiado cansado como para entender lo que me decía. En eso, un recuerdo llego a mi mente. Estaba yo vestido con un pantalón negro y una camisa del mismo color. Frente a mí, estaba su padre, el militar. Con su mirada amenazadora y cuerpo descomunal intimidaba a todo el que lo viera. Estaba hablando conmigo, su mano derecha descansaba en mi hombro, y aunque no recuerdo con exactitud lo que me decía, algo si me quedo muy en claro. Nadie tocaría a su hija, y menos alguien como yo. Entonces, un escalofrió sacudió todo mi cuerpo, comencé a correr como un desquiciado buscando refugio debajo de su cama, no quería toparme otra vez con su padre. Una vez en mi escondite, me sentía seguro, aunque la calma no duro mucho. No habían pasado ni cinco minutos y sus padres entraron a charlar con su hija. Hablaron por mucho tiempo. Tanto que perdí la cuenta. Le preguntaron si tenía enamorado, le aconsejaron que tenía que esperar hasta el matrimonio, le dijeron que tenía que arreglar su vida. Los parpados cada vez me parecían más pesados, el sueño me vencía, calaba mi ser poco a poco. Era como la merma que todo lo acapara. Y ahí, entre bolsas que contenían Dios sabe qué, zapatos de taco y zapatillas deportivas, me quede dormido.
Jefry… Jefry,… Amor… Jefry… Despierta tontito. Su voz se escuchaba lejana, apagada, y por un momento pensé que todo lo había soñado. Todo estaba oscuro, y cuando quise levantarme, unas maderas frías y duras me lo impidieron. Entonces me di cuenta de que todo lo que había pasado era realidad. Yo estaba ahí, durmiendo entre paquetes y polvo. Aun un poco desorientado, me deslice por entre los bultos, me pare y salí de aquella habitación a hurtadillas, como un ladrón. Y apenas pude ver el cielo, lo noto oscuro, frio y desolador.
Ese día me la pase debajo de una cama extraña, con frio, dolor de cuerpo y de cabeza. Mire una vez más atrás, hacia su ventana, y me pregunte. ¿Me estaré enamorando una vez más?
