Es temprano aun, y cuando llego a la Javier Prado todavía no hay gente. Camino hacia el segundo paradero y subo al micro que esta más vacio -craso error. Viajo sentado, pero tengo que esperar cerca de quince minutos para que este se llene y pueda avanzar.
Noto como las lunas se van empañando, y decido abrir la ventana para que se cuele algo de aire fresco. Hace frio (lo admito), pero la verdad, no me importa porque tengo una chalina que abriga mi cuello y parte de mi cara. Me doy cuenta, y con gran asombro, como los señores mutan sus caras y me miran de mala gana por haber abierto la ventana. No me interesa en lo más mínimo. No los conozco, y lo más probable es que no los vuelva a ver nunca más en mi vida.
En mi reproductor sigue sonando los Beatles, ya no All you need is love, sino Hey Jude, que es más melancólica aun. Sin ganas de cambiar de ánimo, pongo un poco de Bossanova, bajo del micro a empujones y veo el café a lo lejos. Aun es temprano, y cuando entro al local percibo las caras de sueño de los empleados. Me acerco a la caja y pido un cappuccino. La chica que me atiende es muy simpática, y me recibe con una sonrisa en la cara (no una disforzada, sino una de verdad, como si le gustara trabajar en ese lugar) Yo le agradezco el gesto con una sonrisa aun mas grande que la suya, pero en cambio, la mía si es un poco disforzada.
Acomodo mi fofo cuerpo en el sofá y siento como el tiempo trascurre lentamente. Prendo un cigarro y le doy un sorbo a mi café, está muy caliente para mi gusto, pero no le doy mucha importancia y me pongo a pensar en que es lo que le diré. No es que me importe mucho, pero… no quiero quedar como un idiota. Para cuando mi espera termina, en la mesa hay más de nueve envases vacios de café producto de mi ansiedad.

La veo, y al igual de que la chica que me atendió al comienzo, ella también me mira con una sonrisa dibujada en la cara. Gesto que me cambia de humor. Me despierto del todo, apago el reproductor y la beso.
Ahora sé que este será un buen día…
