
Hoy (y con esto me refiero ayer, porque esto lo escribo en mi cuaderno desde mi casa) amaneció nublado, clima perfecto para reflexionar. Me gusta el frio, me gusta cuando el clima se presta para la melancolía. Decidí salir a caminar, pero no por mi casa, mucho piraña. Me fui a Miraflores, ¡Si! Miraflores, súper lejos de aquí, mi casa, pero qué más da. Estaba con mi chalina, café en mano y una cajetilla de Lucky Stike Light. Disfrutaba del momento, cuando un recuerdo llego a mí como un relámpago. Más que un recuerdo, un sueño. Me encontraba en esta misma playa, con este mismo clima, pero sentado junto a la orilla. El mar estaba frio, helado, lo sé porque mis pies rosaban el agua. De repente, alguien se acerca a mí por detrás, se sienta a mi costado y me comienza a hablar. Sabía mucho de mí, demasiado diría yo. Era una mujer, y extrañamente, me sentía a gusto con ella por más que no lograba verle el rostro. Y no es que no la quería ver, sino que no podía, era como si un velo negro le cubriera el rostro. Su voz me parecía realmente conocida, su figura, sus manos y su forma de abrazar me recordaban a un lejano amor. Todos los días esperaba soñar con ella. No lo mismo, porque en mi sueños siempre hablamos de diferente cosas, de lo que “nos pasaba”. Así pasaron los días, hasta que en el último de ellos, por fin la pude reconocer. Era Katherine, un viejo amor platónico. Recuerdo ese último día muy bien. Ella aparecido vestida completamente de blanco, y yo, como de costumbre, estaba vestido de negro, por esos tiempos solía estar así. Ella traía puesto una capucha que le cubría el rostro, así que todavía no la podía reconocer. Como de costumbre, y digo como de costumbre porque ya estaba soñando con ella toda una semana, espere a que se sentara junto a mí. Pero eso nunca sucedió, se detuvo a tres pasos de mí. Me levanté y me puse frente a ella, le dije. Qué pasa, sucede algo. Entonces se quitó la capucha y la reconocí. Fue un shock, no me lo esperaba. Ya me tengo que ir. Sólo vine para despedirme. Eso fue lo que me dijo. No lo entendí en su momento. Ella se acerco, me abrazo y se despidió con un beso muy apasionado, el último. Recuerdo que ese día desperté llorando, tenía los ojos hinchados. No pasaron ni dos días y su hermana me llamó, hizo un gran esfuerzo para conseguir mi número. Hablamos un rato, recordando nuestro pasado, ella y yo fuimos alguna vez enamorados, (aunque yo amaba a su hermana, Katherine, y ella a mí, lo sé porque un día antes de lo dijo. Nunca pronunció palabra alguna por Shirley, su hermana) la llamada tubo otro fin, no era solo para saludarme, sino para decirme que Katherine había muerto. Jefry, Katherine… Katherine qué, la interrumpí. Ella falleció antes de ayer, me respondio. En ese momento comprendí todo. El beso, la despedida y porque solo al final revelo su rostro. Falleció dormida, con una sonrisa en el rostro. Eso fue lo que me conto Shirley. Muerte natural. Anduve triste toda una semana. Hoy la recordé (osea ayer). Tome un poco de café, le di una calada al cigarro y cerré los ojos con el rostro en dirección opuesta al viento. Pense en ella y pude sentir una vez más, ese último beso que me dio, ese beso que nunca paso físicamente, pero que siempre recordare. Katherine…