Era muy temprano, y no tenía nada que hacer, deambulaba por todo el departamento. Recién se había mudado al vecindario y no conocía a nadie. Era muy tímida, así que salir no era una opción para ella, prefería pasar las mañanas en su casa, deambulando por los cuartos, viendo televisión o tan solo soñando. Esa mañana en particular estaba aburrida. Odiaba los días calurosos, como los de hoy. Todo el lugar emanaba un olor a viejo, ha guardado. Así que decidió tomar un par de pastillas para poder dormir todo el día. Sus fieles amigas para los días en que se sentía desesperada. En su interior siempre pensó que no era adicta a ellas, solo las tomaba cuando no tenía nada que hacer o cuando se sentía aburrida.
Abrió el frasco y no encontró nada. Lo comenzó a agitar, como si con eso pudiese sacar una píldora más, pero nada, ya se había acabado doscientas pastillas en un semana.
Comenzó a buscar entre la ropa sucia, entre todas sus cajas, en los bordes de los muebles alguna pastilla perdida, pero todo fue en vano. En eso, cuando estaba a punto de perder el control, un grito le llamo la atención. Por lo general el vecindario siempre estaba tranquilo por las mañanas. Salió por la ventana para ver quién era el que estaba haciendo todo ese escándalo. Abrió las cortinas sutilmente, no quería que nadie la viese. Estaba totalmente desnuda por el calor que sentía. Vio de derecha a izquierda, pero nada, no localizo al que hace algunos instantes estaba gritando, pero cierta imagen le llamo mucho la atención. Era un pequeño niño, no tan joven, de unos 17 a 19 años quizás. Estaba totalmente desnudo y tirado en su cama, se masturbaba como loco, freneticamente, una y otra vez. La situación le pareció curiosa, aunque más que curiosa, cómica y triste a la vez. Hace mucho que ella no probaba esos placeres, no le daban ganas de tocarse. Lo que ella quería era a un hombre que la complaciera, no que la entienda, solo que la complazca.
Pasaron las horas y sus ansias no cesaban, cada vez se sentía más nerviosa. Las tazas de café no la podían calmar, solo empeoraban la situación. La música tampoco amainaba sus ansias. Así que comenzó a caminar por toda la sala, a oscuras, entre los muebles, dándole vueltas a la mesita de centro. El cuarto estaba oscuro, en la pequeña mesa de centro se podían ver las cajetillas de cigarros que ya estaban vacías, una botella de whisky medio llena y una copa con tres hielos derritiéndose. Sostenía en la mano derecha un celular. De rato en rato lo miraba y seguía caminando, se dirigió a la ventana, y al abrirla, la luz la cegó por un momento. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Miro a través de los vidrios y no vio a nadie en la calle, se dirigió al baño y se observo en el espejo. Estaba toda despeinada, tenía un aspecto fatal, se puso un buzo negro, una capucha ligera y sus lentes (unos grandes y oscuros que le cubrían todo el rostro) Se vio un momento más y se noto lúgubre, antisocial. Salió del departamento silenciosamente, cual ninja en plena misión, y comenzó a caminar, a buscar alguna tienda abierta. Paradójicamente en ese día las calles estaban desoladas. No se escuchaba sonido alguno, solo el rumor de un saxofón a lo lejos. Camino en dirección a la melodía melancólica, hasta que pudo saber de dónde provenía. Era de una pequeña casa blanca, a casi media cuadra de su departamento. La puerta estaba abierta y por un momento dudo si entraba o si se iba a su pequeño hogar. Después de tanto pensar, decidió seguir de largo, pero una banda de muchachos se acercaba a lo lejos. Los chicos, muy saltones ellos, comenzaron a silbarle, a decirle cosas obscenas. Ella no tenía ganas de pelear ni de hacerles frente, ya que la superaban en número, y lo cierto es que nunca le gustaron los pleitos ni los escándalos. Solo le quedaba una opción, la más segura y viable, aparte de ser la única. Entro en la casa blanca y con mucho cuidado cerró la puerta. Espero un momento a que los chicos pasaran para poder salir. Ahora ella estaba en un pequeño pasadizo que tenía tres puertas al final. Dos estaban cerradas, y una abierta, la abierta daba a una sala oscura, y de esa puerta provenía aquella melodía, esa que tanto le gusto desde un comienzo. Por el momento, ella solo quería salir de ahí, pasar desapercibida para poder tirarse en el suelo de su departamento. –Pasa, no te quedes ahí- Le dijo una voz masculina. –Vamos, se que estas ahí porque el fluido del viento ya se corto- Ella estaba totalmente impactada, no sabía qué hacer. Espero un momento y comenzó a caminar lentamente hacia la sala, entro en ella y la voz, ahora con cuerpo propio, le dijo. –Siéntate, no seas tímida- Ella le hizo caso y le respondió. –Entre porque habían unos chicos que me estaban molestando, no fue mi intención interrumpirlo- Le dijo con voz cautelosa. –A parte, me llamo mucho la atención la canción que estabas tocando. –Es Jazz- Le respondió rápidamente. –Te gusto. –Si- le respondió. El temor todavía la invadía, no lo podía distinguir bien, ya que la sombra cubría su cuerpo totalmente. El esbozo una sonrisa y ella salió de la sala. No lo pudo ver con claridad, solo sabía que era hombre, que tocaba Jazz, y que por el momento, le gustaba.
Abrió el frasco y no encontró nada. Lo comenzó a agitar, como si con eso pudiese sacar una píldora más, pero nada, ya se había acabado doscientas pastillas en un semana.
Comenzó a buscar entre la ropa sucia, entre todas sus cajas, en los bordes de los muebles alguna pastilla perdida, pero todo fue en vano. En eso, cuando estaba a punto de perder el control, un grito le llamo la atención. Por lo general el vecindario siempre estaba tranquilo por las mañanas. Salió por la ventana para ver quién era el que estaba haciendo todo ese escándalo. Abrió las cortinas sutilmente, no quería que nadie la viese. Estaba totalmente desnuda por el calor que sentía. Vio de derecha a izquierda, pero nada, no localizo al que hace algunos instantes estaba gritando, pero cierta imagen le llamo mucho la atención. Era un pequeño niño, no tan joven, de unos 17 a 19 años quizás. Estaba totalmente desnudo y tirado en su cama, se masturbaba como loco, freneticamente, una y otra vez. La situación le pareció curiosa, aunque más que curiosa, cómica y triste a la vez. Hace mucho que ella no probaba esos placeres, no le daban ganas de tocarse. Lo que ella quería era a un hombre que la complaciera, no que la entienda, solo que la complazca.
Pasaron las horas y sus ansias no cesaban, cada vez se sentía más nerviosa. Las tazas de café no la podían calmar, solo empeoraban la situación. La música tampoco amainaba sus ansias. Así que comenzó a caminar por toda la sala, a oscuras, entre los muebles, dándole vueltas a la mesita de centro. El cuarto estaba oscuro, en la pequeña mesa de centro se podían ver las cajetillas de cigarros que ya estaban vacías, una botella de whisky medio llena y una copa con tres hielos derritiéndose. Sostenía en la mano derecha un celular. De rato en rato lo miraba y seguía caminando, se dirigió a la ventana, y al abrirla, la luz la cegó por un momento. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Miro a través de los vidrios y no vio a nadie en la calle, se dirigió al baño y se observo en el espejo. Estaba toda despeinada, tenía un aspecto fatal, se puso un buzo negro, una capucha ligera y sus lentes (unos grandes y oscuros que le cubrían todo el rostro) Se vio un momento más y se noto lúgubre, antisocial. Salió del departamento silenciosamente, cual ninja en plena misión, y comenzó a caminar, a buscar alguna tienda abierta. Paradójicamente en ese día las calles estaban desoladas. No se escuchaba sonido alguno, solo el rumor de un saxofón a lo lejos. Camino en dirección a la melodía melancólica, hasta que pudo saber de dónde provenía. Era de una pequeña casa blanca, a casi media cuadra de su departamento. La puerta estaba abierta y por un momento dudo si entraba o si se iba a su pequeño hogar. Después de tanto pensar, decidió seguir de largo, pero una banda de muchachos se acercaba a lo lejos. Los chicos, muy saltones ellos, comenzaron a silbarle, a decirle cosas obscenas. Ella no tenía ganas de pelear ni de hacerles frente, ya que la superaban en número, y lo cierto es que nunca le gustaron los pleitos ni los escándalos. Solo le quedaba una opción, la más segura y viable, aparte de ser la única. Entro en la casa blanca y con mucho cuidado cerró la puerta. Espero un momento a que los chicos pasaran para poder salir. Ahora ella estaba en un pequeño pasadizo que tenía tres puertas al final. Dos estaban cerradas, y una abierta, la abierta daba a una sala oscura, y de esa puerta provenía aquella melodía, esa que tanto le gusto desde un comienzo. Por el momento, ella solo quería salir de ahí, pasar desapercibida para poder tirarse en el suelo de su departamento. –Pasa, no te quedes ahí- Le dijo una voz masculina. –Vamos, se que estas ahí porque el fluido del viento ya se corto- Ella estaba totalmente impactada, no sabía qué hacer. Espero un momento y comenzó a caminar lentamente hacia la sala, entro en ella y la voz, ahora con cuerpo propio, le dijo. –Siéntate, no seas tímida- Ella le hizo caso y le respondió. –Entre porque habían unos chicos que me estaban molestando, no fue mi intención interrumpirlo- Le dijo con voz cautelosa. –A parte, me llamo mucho la atención la canción que estabas tocando. –Es Jazz- Le respondió rápidamente. –Te gusto. –Si- le respondió. El temor todavía la invadía, no lo podía distinguir bien, ya que la sombra cubría su cuerpo totalmente. El esbozo una sonrisa y ella salió de la sala. No lo pudo ver con claridad, solo sabía que era hombre, que tocaba Jazz, y que por el momento, le gustaba.